COMPILACIÓN

LA INVENCIÓN OCASIONAL

ELENA FERRANTE

(Lumen – Buenos Aires)

¿Quién es Elena Ferrante? “No me arrepiento de mi anonimato” dijo en una entrevista vía e-mail al Corriere della sera. Y nadie lo sabe en realidad. Se han hecho muchas conjeturas pero sus editores respetan la decisión de no dar a conocer su identidad. Asumamos entonces que Elena Ferrante es un pseudónimo. Algunos críticos y lectores han sospechado que incluso se trataría de un equipo de gente que escribe. A propósito de esta hipótesis Elena Ferrante responde a Il club della lettura del Corriere: “Estamos habituados a la supremacía del autor, cuando el autor no está o se elude, terminamos por ver distintas manos no solo en el pasaje de un libro a otro sino también de una página a otra.”

Otros fantasean con la colaboración de una supuesta inteligencia artificial al modo de “Shelley” - llamada así por el apellido de la creadora de Frankenstein, Mary Shelley- la primera IA que puede escribir relatos de terror en forma colaborativa con humanos.

Se ha dicho también que podría ser Domenico Starnone (solo o en colaboración con la traductora Anita Raja, su esposa) lo cual ha sido luego negado categóricamente por ambos.

Lo cierto es que Elena Ferrante es un gran suceso editorial. En español podemos leer, entre otras, la trilogía Crónicas del desamor (2010), la saga Dos amigas, La frantumaglia (2017) y este libro que reseñamos: La invención ocasional (2020) que reúne sus escritos publicados en la columna semanal del diario The Guardian.

La propuesta, dice Elena Ferrante, la atemorizó por el choque entre el tema editorial y la urgencia de la escritura. Justamente titula “Choques” a las palabras preliminares, una suerte de introducción a los artículos, surgidos como explica, de la memoria, de la intuición y de la necesidad de escribir: “No he querido ocultarme ante todo a mí misma su naturaleza de invenciones ocasionales…”

Construir el enunciador

No sabemos quién es Elena Ferrante pero es interesante rastrear en su discurso cómo se configura la identidad del sujeto de la enunciación. Afirma que “Todo uso literario de la escritura implica siempre alguna forma de ficción. Como decía, Virginia Woolf, el elemento discriminador es más bien cuánta verdad consigue captar la ficción.”

Siguiendo las huellas discursivas, podemos decir que este enunciador se construye como una mujer de casi cincuenta años, madre, abuela, escritora, italiana: “Soy de la época de la pluma estilográfica y los teléfonos públicos con ficha…”, apasionada fumadora y consumidora de café, insomne, poco sociable, agradecida y defensora de la condición de mujer, dice: “Todas llevamos demasiado tiempo dentro de la jaula masculina…”

Los artículos

Los temas que Elena Ferrante aborda en este libro fueron los publicados semanalmente y traducidos al inglés para The Guardian. La temática es variada: el amor, el miedo, los celos, las hijas, la amistad, lo femenino, la narración masculina del sexo, la muerte. Pero si leemos atentamente encontraremos un hilo conductor y una preocupación constante: la lengua, la oralidad y la escritura, la ficción, el libro y el cine, la libertad creativa y la traducción.

“No consigo trazar una línea de demarcación entre historias verdaderas e historias inventadas.” nos dice Ferrante, para quien la escritura es una forma de estar en el mundo.

Andrea Ucini ha ilustrado maravillosamente el libro, en el que cada página es un deleite para el lector. La traducción al español de Celia Filipetto Isicato es impecable.

En estos días se espera la edición en español de La vida mentirosa de los adultos, novela que puede leerse en clave intertextual con Mentira y sortilegio de Elsa Morante. No en vano dice Ferrante en este libro que reseñamos: “Las novelas, cuando funcionan, se sirven de mentiras para decir la verdad. El mercado de la información, en guerra por la audiencia, tiende cada vez más a transformar las verdades más insoportables en novelescas mentiras apasionadas e irrefutables.”

© LA GACETA

Elena Victoria Acevedo

Choques *

Por Elena Ferrante

En otoño de 2017, el diario The Guardian me propuso escribir una columna semanal. Me sentí halagada y espantada a la vez. Nunca había tenido una experiencia de ese tipo y temía no ser capaz de sacarla adelante. Después de mucho vacilar, informé a la redacción de que aceptaría la propuesta si me enviaban una serie de preguntas que respondería una a una dentro de los límites del espacio asignado. Aceptaron mi petición enseguida, así como el pacto de que la columna no duraría más de un año. Poco a poco, el año pasó y me resultó muy instructivo. Nunca me había visto en la tesitura de tener que escribir por obligación, encerrada tras unas lindes inviolables, sobre temas que yo misma había pedido a los pacientes redactores que eligieran por mí. Estoy acostumbrada a buscar por mi cuenta una historia, unos personajes, un razonamiento y a poner una palabra detrás de otra, casi siempre con esfuerzo, borrando mucho; y al final lo que encuentro -suponiendo que encuentre algo- sorprende. Ante todo, a mí. Es como si, aprovechándose de mis intenciones todavía inseguras, una frase generara la siguiente, y nunca sé si el resultado es bueno o no; sin embargo, ahí está, y entonces hay que seguir dándole vueltas, ha llegado el momento de que el texto cobre la forma que deseo. Pero en los artículos para The Guardian prevaleció el choque casual entre el tema editorial y la urgencia de la escritura. Si a la primera versión de un relato le sigue enseguida un largo período, a veces muy largo, de profundización, de reescritura, de dilatación o drenaje meticuloso, en este caso ese proceso fue mínimo. Estos textos nacieron hurgando de inmediato en la memoria en busca de una pequeña experiencia ejemplar, recurriendo de modo irreflexivo a convicciones forjadas en libros leídos hace muchos años, después desconectadas y vueltas a conectar gracias a otras lecturas, siguiendo intuiciones súbitas inducidas por la misma necesidad de escribir, llegando a conclusiones bruscas a causa del espacio ya agotado. En fin, ha sido un ejercicio nuevo: cada vez que echaba el cubo al pozo oscuro de mi cabeza, sacaba una frase y esperaba con aprensión a que otras la siguieran.

* Fragmento de La invención ocasional.

Perfil

Nadie sabe quién es Elena Ferrante. Sus editores mantienen un pacto de silencio sobre su identidad. Algunos creen que es un hombre; otros dicen que nació en Nápoles para trasladarse luego a Grecia y finalmente a Turín. La mayoría de críticos la saludan como la nueva Elsa Morante, una voz extraordinaria que ha dado un vuelco a la narrativa actual. En 2010 Lumen publicó un volumen titulado Crónicas del desamor, donde se reunían las tres novelas para el público adulto publicadas por Ferrante a lo largo de los años, dos de las cuales fueron llevadas al cine. Luego vino una saga compuesta por La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo, y finalmente La niña perdida, volumen que cierra una de las obras más celebradas por la crítica y los lectores europeos en los últimos años. “No me arrepiento de mi anonimato. Descubrir la personalidad de quien escribe a través de las historias que propone, de sus personajes, de los objetos y paisajes que describe, del tono de su escritura, no es ni más ni menos que un buen modo de leer”, comentaba Elena Ferrante en una entrevista. Su última y esperada novela es La vida mentirosa de los adultos (Lumen, 2020).